martes, 5 de julio de 2016

Cueva de la Bruja

Cueva de la Bruja
Alpedrete de la Sierra (3/7/2016)

El domingo 3 de julio, Edyta y este que os escribe nos acercamos hasta Alpedrete de la Sierra para recorrer el interior de la Cueva de la Bruja. En La Vía de las Alturas ya conocíamos esta cavidad por ser la que Pablo, Oscar y yo elegimos en su día para estrenarnos en solitario (sin guía) en el mundo de la espeleología, pero para Edyta era su primera vez, tanto en la cueva como en espeleo. ¡Quién lo diría! Se desenvolvió dentro de ella como una auténtica espeleóloga, orientándose a la perfección y sin manchar su ropa más de lo que lo hubiera hecho de pasar la mañana practicando senderismo en época estival. Finalmente, terminamos la jornada tomando unas cervezas en el pueblo con una amena conversación. ¡Gran día!

Cueva de la Bruja. Croquis realizado sin mediciones por David A. (2012)

Con el croquis realizado por David A. en el año 2012 y con dos cuerdas dinámicas gemelas de 30 metros y otra semiestática de 15, Edyta y yo realizamos el recorrido que describimos a continuación.

Entrada a la Cueva de la Bruja

Edyta y Raúl antes de acceder a la cueva

1. Rebasado el vestíbulo de entrada, nos dirigimos hacia la gran columna del primer piso, donde instalamos las dos cuerdas dinámicas para, acto seguido, rapelar por ellas hasta alcanzar el corral de los fantasmillas en el segundo piso. Una vez allí, aprovechando una de las columnas que hacen de línea divisoria entre el segundo piso y la inclinada rampa que da acceso al tercero en lo más profundo de la cueva, dejamos instalada en ella la cuerda semiestática de 15 metros por la que tenemos intención de remontar posteriormente. A nuestra espalda, tras un giro de 180º, accedemos a través de la parte superior del corral de los fastasmillas al tunel triangular del segundo piso para, acto seguido, atravesar la pequeña gatera que da acceso al distribuidor en el que el camino se bifurca a izquierda y derecha. Tomamos la opción de la izquierda que progresa en sentido ascendente y nos conduce rápidamente hasta la parte de atrás del piso superior. Desde aquí, avanzando hacia la izquierda en suave travesía, vemos enseguida la luz que penetra en la cueva desde el vestíbulo de entrada. Hemos completado el primero de los dos circuitos que tenemos pensado realizar en la Cueva de la Bruja.

2. Nos dirigimos de nuevo hacia la gran columna del primer piso y volvemos a rapelar los casi 30 metros que nos depositan en el corral de los fantasmillas. Al igual que antes, ascendemos desde el corral en dirección al tunel triangular del segundo piso, pero en esta ocasión, tras alcanzar el distribuidor, optamos por girar hacia la derecha en el sentido de la marcha. Este camino nos dirige en primer lugar hacia el fácilmente identificable altar para, acto seguido, introducirnos en la estrecha canal triangular que a su vez desemboca en la galería de bloques. En sentido descendente, ya sólo es cuestión de tiempo dar con la sala del tesoro y/o con la bodega que finalmente se abren al fondo de la cueva en el tercer piso. Desde allí, tras una leve travesía en la que dejamos atrás los muñecos de arcilla, accedemos a la parte baja de la inclinada rampa que anteriormente equipáramos con cuerda semiestática. Aferrándonos a la cuerda ayudados por un puño de ascensión remontamos sin problemas el tramo para salir a dar al corral de los fantasmillas. Tras recoger la cuerda, volvemos a introducirnos por tercera vez en el tunel triangular. Desde éste, y tras pasar por el distribuidor una última vez, alcanzamos la parte de atrás del primer piso. Es momento de recuperar las cuerdas de 30 metros que dejáramos en la gran columna y, despidiéndonos de la cueva, dirigirnos hacia el vestíbulo de entrada para salir al exterior.

Edyta llegando a la gran columna del primer piso

Rapelando desde la gran columna del primer piso

Saliendo del túnel triangular

Rapelando hacia el corral de los fantasmillas

En la canal triangular

Edyta ascendiendo por la cuerda fija desde el tercer piso

Edyta y Raúl tras salir de la cueva

miércoles, 29 de junio de 2016

Volverse absolutamente libre

Volverse absolutamente libre



En El mito de Sísifo, el filósofo Albert Camus comparaba a los seres humanos con la figura mítica de Sísifo, condenado por Zeus a hacer subir una enorme piedra por la ladera de una montaña una y otra vez. Cuando alcanzaba la cima, la piedra caía rodando sin remedio, por lo que la tarea se convertía en un suplicio sin fin. Ciertamente, no fue Sísifo el único sometido a tan duro castigo. También Atlante, Ixión, Tántalo o las danaides pasaban sus días, tal y como narran los mitos griegos, en quehaceres absurdos, impuestos por Zeus y los dioses olímpicos para aquellos que osaban oponerse a ellos.

Lejos de los mitos pretéritos, también nosotros nos enfrentamos en nuestro día a día a tareas carentes de motivación, cual si nos fueran impuestas por los dioses. Como dirían los filósofos existencialistas, el mundo en el que vivimos es un lugar que nos precede en existencia: ahí está y ahí estaba ya antes de que nosotros llegáramos, y por eso tenemos que jugar a su juego, con sus reglas. Y ese juego es muy a menudo monótono, incluso absurdo. Este mundo, y su juego, limita nuestra libertad, nos anula. Es un mundo que puede llegar a ser vivido como inauténtico, irrelevante, sin sentido para quienes lo habitan. Pero es entonces cuando algunos de nosotros nos rebelamos, nos negamos a aceptar tal yugo. En busca de la libertad que se nos niega, subimos a la montaña y decidimos, aunque sólo sea por unas horas, una vida auténtica, una vida plena. Quizá esta decisión pueda llegar a costarnos la vida, pero lo que confiere sentido a la existencia, nos recuerda Camus, es precisamente aquello por lo que estamos dispuestos a entregar nuestras vidas. Aunque, cierto es, tarde o temprano la gran piedra vuelve a rodar ladera abajo, obligándonos a regresar de nuevo a nuestra rutina diaria. Sonríe entonces. No desfallezcas. Volver a subir será inevitable.

Contemplando la masa informe de granito que desde el Almanzor se postra ante nuestros pies tras coronar la cima (27/10/2013).

lunes, 27 de junio de 2016

Ferrateando entre Teruel y Comunidad Valenciana

Ferrateando entre Teruel y Comunidad Valenciana:
Agujas de las Alhambras, La Mulatica, Fuente del Peco y Estrechos de la Hoz.

Durante los días 25 y 26 de junio de 2016, mi compañero Oscar y yo nos acercamos hasta la frontera entre Teruel y la Comunidad Valenciana para hacernos con una serie de ferratas relativamente próximas entre sí. Conviene saber que Estrechos de la Hoz (K2) y La Mulatica (K4) requieren una aproximación en coche por caminos de tierra de entre 3 y 5 kilómetros respectivamente, aunque el trote para el vehículo bien merece la pena por la belleza y acierto de ambas ferratas.

Os dejo algunas de las fotos que tomamos, junto con un pequeño texto para cada una de ellas.


Agujas de las Alhambras (Teruel)

Corta pero intensa ferrata rodeada de estilizadas agujas de caliza que progresa amenudo prescindiendo de grapas y utilizando en su lugar las presas naturales de la roca. Quizá más K3 que K4.







La Mulatica (Valencia)

Espectacular ferrata K4 que progresa durante tres verticales tramos entre los que destaca con creces el tercero y último, con unos metros finales de pura potencia que conducen al escalador a través de una aérea travesía que lo introduce en el interior de un techo del que debe escapar asiéndose con fe a la última grapa y tirando de brazos hacia arriba.









Fuente del Peco (Castellón)

Corta pero disfrutona ferrata K1 orientada hacia los más jóvenes de entre los escaladores (los niños), con posibilidad de un par de travesías sin grapas y con un rápel de 25 metros para acortar el regreso significativamente.






Estrechos de la Hoz (Teruel)

Ferrata sencilla (K2) y prolongada que se ubica en un entorno incomparable, dentro del cañón del río Mijares, rodeada de un hermoso bosque con sabinas, pinos y árboles de ribera y que, en caso de crecida del río, obliga al escalador a cruzar una y otra vez la corriente poniendo a prueba su equilibrio sobre piedras húmedas y resbaladizas.






domingo, 1 de mayo de 2016

¿Correr por la montaña?

¿Correr por la montaña?

La montaña ha sido tradicionalmente un entorno que proveía de recursos forestales y de alimentos a las poblaciones rurales, pero desde que los seres humanos disfrutamos de más tiempo para el ocio del que disfrutaran nuestros antepasados, también ha terminado siendo un importante espacio de refugio para el espíritu, un lugar de reunión con la naturaleza, una oportunidad inmejorable para el autodescubrimiento personal, esto es, para la contemplación tanto de uno mismo como de la belleza que en ella nos rodea. Y todo ello respetando en la medida de lo posible el sentido originario de quienes la habitaron como medio económico y social de subsistencia.

No logro imaginarme a un paisano de los de antaño, de esos de los que ya van queda
ndo cada vez menos, corriendo por el monte por placer o como mero ejercicio. Pero sí puedo concebir la cara que se les pondría si, inmersos en sus paseos y quehaceres habituales, llegaran a cruzarse con alguno de los cada vez más numerosos corredores de montaña. Puedo concebirlo, ante todo, porque siempre que me ha sido posible me he preocupado de escuchar atentamente la opinión de estas gentes recias y procurarme así el conocimiento de primera mano de los fundamentos de su sabiduría. Puedo concebirlo, igualmente, porque la etnología, junto con la antropología, han sido durante muchos años, y aún siguen siéndolo, dos de mis pasiones intelectuales que más enérgicamente he procurado cultivar. Por todo ello no me resulta difícil imaginar cuáles serían las sensaciones, primero, y las contundentes palabras, después, que brotarían de la mente y de la boca, respectivamente, de uno de esos octogenarios paisanos forjados por el frío viento y la inclemente lluvia de las alturas. Y lo mismo que afirmo de ellos, lo digo también de ellas, pues en el mundo rural, como sabe todo el que quiere saber, la mujer debía ser y trabajar tan duro si cabe, o incluso más, que los hombres.


 En las proximidades de la Buitrera, en la Sierra de Ayllón

Por lo contrario, el alpinismo y la escalada se han venido practicando desde tiempos inmemoriales. Como bien sabemos, el Cainejo, de quien nunca se ha dicho que gustara de correr por la montaña, frecuentaba las cimas de Picos de Europa no sólo por motivos de caza mayor, sino también por el placer de hacerlo. Cierto es, como puede leerse en el más que notable libro de Ramón Lozano, Santiago Morán e Isidoro Rodríguez Cubillas sobre El Naranjo de Bulnes, el Cainejo y Caín (Ediciones Lancia, León, 2004), Gregorio Pérez Demaria, ante la llamada de Pedro Pidal, recorrió en una sola noche la distancia entre el pueblo de Caín y la Vega de Ario para reunirse allí con el marqués, que lo había hecho llamar para escalar ambos el Urriellu en gesta imperecedera. Pero, como se desprende de su relato, ninguna prisa le apremiaba lo suficiente como para hacerle correr:
"El día 2 de agosto de 1904 estaba yo segando yerba encima del pueblo de Caín de arriba. Caminaba a buen paso un asturiano que se dirigía onde yo estaba segando y después de saludarnos me dice: -'Vengo a buscarte. [...] Hoy llegó a la Vega de Ario D. Pedro Pidal y dijo que te había escrito una carta para que estuvieras hoy en la Vega de Ario, pero vino él primero que la carta'. -'Bueno, dile a D. Pedro que al ser de día estaré en la Vega'.Y marchó a escape, pues dijo no tener nadie en la majada. Bajé a la tarde a casa y después de cenar, como había buena luna, eché a andar, llegué a la Vega muy de mañana y ya me salió al encuentro D. Pedro"; (op. cit., pp. 37-38).
A la mañana siguiente la prisa les apremia, pues el señor marqués tiene por objeto subir en un mismo día la Peña Santa de Enol y la Torre Santa. Gregorio no ha dormido en toda la noche, así que aprovecha para echar una cabezada "sobre una llastra muy llana", pero el marqués, que sin duda debía estar más descansado que aquél, lo despierta al proferir unos gritos que dirige a unos amigos suyos que alcanza a reconocer con sus "antiojos" sobre la Torre del Jultayo. A pesar de todo, en ningún momento el Cainejo se queja por no haber acelerado su travesía nocturna corriendo. Parece que tales usos le son desconocidos o, lo que es más probable, le resultan incomprensibles. Y así, a la mañana siguiente, como quien no distingue entre deber y ocio, Gregorio Pérez Demaría guía a Don Pedro Pidal hasta la base del Urriellu para alcanzar ambos, en gesta heroica, la cima hasta entonces nunca hollada de la joya de nuestras montañas. 


Collado del Jou Negro, en el macizo central de Picos de Europa

Y es que correr por la montaña, tal y como yo lo veo, es un oxímoron, una traición al espíritu que la inunda, un sinsentido de la vida moderna, una intromisión del zeitgeist, de la fastfood, de los pit lanes,... en un espacio y un lugar donde todo eso está de más. Si lo que anhelan los que corren por la montaña es forjarse a sí mismos y a su forma física más allá de los límites del test de Cooper, les recomiendo entonces que experimenten en sus carnes trabajos y labores muy dignos, pero también muy duros y exigentes, donde, tras la jornada laboral, lo que el cuerpo y la mente les van a solicitar quizá no exija zancadas tan rápidas, pero sí, si la persona en cuestión aprecia su propio crecimiento y cuidado interiores, más cargadas de plenitud. ¡Que sí! ¡Que Rocky Balboa subía corriendo níveas montañas en la cuarta entrega de la famosa saga cinematográfica! ¡Pero también le partían la cara en cada película lo menos dos veces y el buen hombre no terminaba nunca de aprender!

En definitiva, lo que pretendo explicar en estas líneas es que correr por la montaña es, a mi juicio personal, una enfermedad de nuestro mundo postmoderno; una mala interpretación de aquello que algunos llamaron "el sentimiento de la montaña"; una aparentemente imperceptible confusión entre lo que es bueno para la salud y lo que es bueno para la vida; e incluso, en muchos casos, una patraña para gentes con excesiva prisa que ni siquiera se paran a contemplar las hermosas y multiformes flores de montaña, no ya porque las pisen con sus coloridas Salomon, algo que es inevitable en algún que otro momento para todos los que vamos al monte, sino porque, sencillamente, cuando se corre por la montaña es necesariamente deseable permanecer ciego ante todo eso que, más allá de las lindes y los márgenes de los terreros en que terminan convirtiéndose los senderos y caminos, existe y aguarda a ser visto para enseñarnos quiénes en verdad somos.


Desfiladero del Cares

miércoles, 26 de agosto de 2015

La montaña es siempre un lugar hostil...

-1-

La montaña es siempre un lugar hostil
que nada entiende de lo humano y de nuestro sufrimiento;
es un reclamo para románticos y aventureros; 
y a veces, también, una trampa mortal. 

Torrecerredo (2/8/2015).

Memoria de mis despistes, o sobre cómo sonreír a los ratones. Cuerda de las Milaneras

Memoria de mis despistes, o sobre cómo sonreír a los ratones
Cuerda de las Milaneras, La Pedriza (28 de marzo de 2013)

El día comenzó siendo extraño; se ve que me deparaba emociones intensas, aunque yo no quisiera reconocerlo en un principio y renegara de mis despistes iniciales. Ya antes mis pasos me habían llevado hasta el Collado del Miradero de camino a las Torres de la Pedriza, pero aún no lo había hecho por la Cuerda de las Milaneras, de ahí que eligiera esta senda. Y es que la Pedriza tiene innumerables rincones y multitud de conexiones, lo que deja una sola vía para convertirse en un buen pedricero: ¡patear y patear sobre su roquedo granítico hasta que nuestros pies hagan de él memoria!


Pero, ¡ay!, erré mis primeros pasos y acabé más allá de la Charca Verde, a unos dos o tres kilómetros de la senda correcta. Después de desandar el equívoco, situado ya en el PR-1, aunque con hora y media de retraso respecto de mi plan previsto, fui dejando atrás el Cancho de los Muertos, el Collado del Cabrón y, ya por último, el de la Romera. El ascenso hasta este punto es sencillamente espectacular, en especial la subida al Jardín de la Campana. Tocaba después patearse el cercano bosque, donde el camino invierte su desnivel para darnos un respiro momentáneo, como si supiera lo que estaba por llegar: una ascensión hasta el paso de Tres Cestos por una pétrea e inacabable escalera que nada tiene que envidiar a las que dan acceso a Mordor en la afamada novela de Tolkien. Por unos minutos retrocedo cientos de miles de años en la evolución y, usando tanto manos como pies, voy ganando altura entre resuellos. Hago cima. ¡Por fin! Pero unos montañeros que reposan relajados al final de la escalera me informan amablemente de que ¡no estoy en el Collado del Miradero, sino en Tres Cestos, y que aún me queda una hora de camino por la Cuerda de las Milaneras para llegar hasta el Collado!




Como es vertiente norte, la nieve cubre el sendero, dificultando, cuando no impidiendo, el avance y la orientación. Como ya son cerca de las 4 de la tarde y el cielo se ha vuelto más pesado y oscuro, decido no perder el tiempo y ponerme en camino. Voy siguiendo la huella abierta por otros que me precedieron, así que no parece haber dificultad. Es cuestión de tiempo alcanzar el Collado y comenzar el descenso. Pero, justo cuando tengo la impresión de estar tocando techo, irrumpe bruscamente la niebla. Pierdo entonces de vista la única referencia que tenía hasta el momento: la imagen solemne de las Torres en el horizonte. En pocos minutos mi sentido de la orientación se revela embotado. ¿Hacia dónde camino? ¿Adónde me conduce la huella que estoy siguiendo? Incluso temo haber dejado atrás el desvío hacia el Collado, lo cual me estaría acercando a las Torres más y más a cada paso. Es entonces cuando desempolvo la brújula que siempre guardo en mi mochila, la misma que llevo lustros sin usar. Ella, a quien no le es lícito mentir, me informa con un rápido movimiento de su aguja que mi dirección es noreste. Como me suponía, mis pasos me están conduciendo hacia las Torres... y la bruma continúa envolviéndolo todo. Temo entonces abandonar la huella que hasta allí me ha conducido, la única que aprecio en esa zona y la misma que me impide pensar que estoy extraviado. Pero es entonces cuando caigo en la cuenta de que el camino de vuelta a Canto Cochino desde las Torres es todavía mucho más complicado y bastante más largo que el que habría de devolverme a la civilización desde el Collado del Miradero. Asumo entonces una decisión arriesgada: abandonar la huella y girar hacia el sureste. De ser más temprano no tendría inconveniente en esperar hasta ver si la bruma se cansaba de mí. Pero no lo es. Y yo sé que hacia el sureste, a unos pocos cientos de metros más abajo, la nieve y la bruma no pueden seguirme. Resuelto y decidido, dejo atrás la huella que me ha acompañado durante un buen trecho y comienzo a hundir mis piernas en la nieve para abrir mi propia pisada. En seguida compruebo que estoy perdiendo altura, pero me intimida saber que avanzo campo a través, hundiendo mis extremidades hasta la altura de los muslos y, algo que no se me escapa, estrechamente acechado por las grietas que la blanca alfombra pudiera esconder. Ante la dificultad de ganar metros, decido deslizarme en aquellos tramos con mayor pendiente. Por unos momentos me siento perdido. Pero, de repente, ante mí aparece una senda que discurre de izquierda a derecha y que me revela que mi intuición, al menos en esta ocasión, no me ha fallado. Respiro profundamente, satisfecho, y doy gracias a mi suerte, la buena, por haber salido airoso de ésta. Pienso entonces que aún estoy lejos de ser un buen montañero, pero también sé que son las experiencias como ésta las que más curten. 

Ahora ya sólo queda descender metro a metro. Estoy cansado... pero sonrío. Y esa sonrisa me llena de plenitud. Un ratoncillo sale de su cubil a saludarme. ¡Ey! -le respondo-, ¿cómo va eso?



martes, 25 de agosto de 2015

¿Por qué la Montaña?

¿Por qué la Montaña?

Ir a la Montaña es para muchos de nosotros un impulso irresistible, una pasión irrefrenable que rara vez nos cuestionamos. Con el paso de los años ha llegado a convertirse en algo tan acostumbrado, automático y personal que bien podríamos decir de Ella, de la Montaña, que siempre estuvo ahí, con nosotros, formando parte de nuestro ser, desde ya antes incluso de que naciéramos. Y quizá, después de todo, no es ésta una afirmación tan disparatada.


Macizo Central de Picos de Europa desde la cima del Torrecerredo (2/8/2015)

Cuando por la mañana, bien temprano, tomamos al alba la mochila que la noche anterior preparáramos cuidadosamente y nos disponemos a reunirnos con Ella, no necesitamos saber cuál es la necesidad que nos mueve. Para reencontrarnos con la Montaña somos capaces de ponernos en pie mucho más pronto de lo que cotidianamente madrugamos para llegar a nuestros puestos de trabajo. No necesitamos preguntarnos por qué lo hacemos, por qué acudimos a Ella; simplemente, lo hacemos.

Pero, después de todo, quizá tú también, al igual que yo, en algún momento has podido pensar que todo este ritual que por lo general se repite semana tras semana, así como en nuestras ansiadas vacaciones, ¿no parece acaso una huida? Tal vez te hayas hecho en alguna ocasión esta misma pregunta: “¿Tan poco me gusta mi vida que en cuanto tengo la oportunidad me escapo a la Montaña?” ¿Pero por qué habría de ser una huida y no ya un reencuentro?

Circo de Gredos desde la cumbre cimera del Almanzor (27/10/2013)

Nacer es el comienzo de una vida, pero no lo es, desde luego, el comienzo de todo. Y cuando aquí llegamos, o mejor dicho, cuando -estando ya aquí- llegamos a pensarnos, parece como si ese hecho, el de “estar aquí”, hubiera sido siempre así. No recordamos cómo llegamos, cómo empezó nuestra andanza; no recordamos qué nos trajo aquí. Pero algo es innegable: aquí estamos. Y ya que estamos, también hacemos. Porque, sin duda, algo tendremos que hacer. Y es entonces, en medio de todo este dilema y galimatías que es la vida, cuando algunos de nosotros escuchamos la llamada de la Montaña. Nada hay provechoso desde un punto de vista práctico en patear por el monte. El sentido aparente de la evolución humana y de la historia parece justamente el contrario: vencer a la naturaleza para poder dejarla de lado; salir del pueblo y olvidar la voz de nuestros antepasados; volver la espalda a nuestros orígenes y jamás desear recordarlos. Pero el ser humano, ese ser engreído que cree poseer lo que nunca podrá retener, es él mismo parte de lo que ya ha olvidado. Nadie, desgraciadamente, le contó esa historia, la historia de quién es él y de dónde viene. Ecos de nuestros orígenes pueden escucharse todavía en los mitos y el folclore. ¿Pero quién atiende a ellos? Y a pesar de todo, sin necesidad de saberlo, algunos de nosotros sentimos en nuestro interior esa llamada, esa necesidad y esa pasión de reencontrarnos con un ser mucho mayor y más antiguo que nosotros y que, por misterioso e increíble que parezca, nos habla en la misma lengua que entiende nuestro interior. Y es que salir al reencuentro de la Montaña no es tan sólo un reencuentro, sino también un diálogo entre dos seres que, por tan siquiera unas horas, vuelven a reunirse en un mismo cuerpo y en un mismo espíritu.