miércoles, 19 de julio de 2017

Ascensión al pico Paderna, 2622 m.

Ascensión al pico Paderna, 2622 m.
–por la arista sur–
(9/7/2017)

Por lo común, la primera vez encierra un proceso de descubrimiento, tanto de uno mismo como de aquello de lo que se está teniendo vivencia, que nos aporta una satisfacción y un disfrute estéticos difícilmente equiparables. Como en un viaje iniciático, descubrir un nuevo macizo, recorrer sus sendas, hollar sus cumbres... supone un salto simbólico hacia lo desconocido, una ruptura respecto de la seguridad de lo ya familiar. Ya sea o no consciente de ello, el montañero siempre alberga en su pecho el deseo de ampliar sus horizontes viajando allí dónde tan sólo sus sueños han estado antes. Los nombres de lejanas cordilleras, de picos emblemáticos, despiertan en él el anhelo de nuevas vivencias tanto como el temor contenido hacia lo desconocido. Como conjuros de una arcana y poderosa magia, nombres como Annapurna, Jungfrau e incluso Maladetas evocan en el montañero su más secreta aspiración: revivir la experiencia de la primera vez.

Mapa: Llanos del Hospital - Pico Paderna.

Es domingo, 9 de julio de 2017, y por propia voluntad camino por primera vez por el Parque Natural Posets-Maladeta. He dejado el coche en el parking de Llanos del Hospital, pues deseo caminar los 4 km. que me separan de la Besurta, último lugar hasta el que llegan los autobuses. Mis primeros pasos me dirigen hacia el este, atravesando de extremo a extremo un extenso llano al que llaman Plan de l’Hospital y por el que discurre un arroyo. Como tantas veces en media montaña, la mañana ha amanecido cubierta en altura. Las cimas más elevadas del macizo ocultan su rostro entre las nubes y así lo seguirán haciendo durante todo el día. Aún no lo sé, pero esta circunstancia otorgará a la ascensión mayor emoción, intensificando la sensación de adentrarme en un lugar hostil por desconocido. Pero se tratará tan sólo de una sensación estética percibida conscientemente como tal, pues en ningún momento dejaré de tener bajo control la evaluación objetiva de mis decisiones.

Plan de l'Hospital. 

Raúl.

Tras los primeros pasos por el Vado de l’Hospital (1724 m.), un pequeño puente de madera me sitúa frente al hotel, que dejo a mi derecha mientras continúo la marcha hasta alcanzar un segundo puente, justo en el extremo opuesto del llano. Ahora el camino se bifurca. A la izquierda una senda parte en dirección al Puerto de Benasque, mientras que a la derecha se inicia una leve subida que, adentrándose en un pequeño bosque de coníferas, me termina conduciendo hasta el más amplio llano del Plan d’Estañ. Aquí la presencia de ganado vacuno es sencillamente dominante. Miles de vacas, junto a sus terneros, pacen sosegadamente, tan sólo alteradas por el ir y venir de los autobuses que cruzan el llano o, como en mi caso, por la presencia de caminantes que en solitario o en pequeños grupos atraviesan en silencio el solemne valle. Aunque aún no soy consciente de ello, a mi derecha el pico Paderna escruta mis pasos desde las alturas mientras yo camino absorto entre la belleza de una flora y una fauna que no dejan de fascinarme. Finalmente, tras una hora aproximada de caminata, alcanzo la Besurta (1896 m.), en cuyas instalaciones apenas me detengo.

1er puente. 

2º puente. 

Raúl. 

 Plan d'Estañ.

Raúl en el Plan d'Estañ. 

Vacas. 

Vacas. 

La Besurta.

Pocos metros después de dejar atrás la Besurta aparece una nueva bifurcación. Una vez más, la senda de la izquierda se aleja de mi objetivo en busca del Forau d’Aiguallut. Hacia la derecha, en cambio, el camino comienza rápidamente a ganar altura entre giros y retuertos en dirección al Refugio de la Renclusa. Unos treinta minutos después, con las nubes sobre mi cabeza, alcanzo la hoya donde reposa el refugio (2140 m.). En uno de los extremos de ésta, junto a una pequeña columna conmemorativa, las vistas hacia el valle comienzan ya a cobrar dimensiones alpinas. Una pequeña amiga felina se acerca para demandar de mí unos cuantos mimos. La belleza de su porte y el suave tacto de la gata me reconfortan. Me acerco entonces a contemplar más de cerca el refugio. Un par de jóvenes montañeros descienden en ese momento desde las paredes rocosas del macizo. Tras compartir sus impresiones conmigo comprendo que han desistido en su intento por alcanzar la cumbre del Aneto. El desprendimiento de unas enormes rocas, según me cuentan, les ha hecho valorar la seguridad del llano. Ingenuamente, me advierten de que el día ya está demasiado avanzado como para iniciar el ascenso al techo de los Pirineos, a lo que les respondo que no es tal mi intención, sino tan sólo alcanzar el pico Paderna. La subida al Aneto, les comento, la iniciaré pocos días después. Vuelven a bromear con lo que les digo. Doy por supuesto que esa actitud es fruto de la euforia por haber escapado de las fauces de la montaña y guardo silencio. En cuatro días mis compañeros valencianos y yo daremos buena cuenta de la cima reina del macizo, pero esa es otra historia. Repongo el agua de mis bidones en la cercana fuente y reanudo mis pasos ahora hacia el oeste.

Raúl. 

Gata. 

Refugio de la Renclusa.

Tras cruzar un cercano puente, la senda comienza de nuevo a ganar altura. Discurre paralela al arroyo d’Alba, que desciende desde la elevada Tuca de mismo nombre. No mucho después, en las proximidades del Ibón de la Renclusa, el arroyo y el camino revierten su pendiente. Se abre entonces ante mí una idílica planicie por la que serpean los hermosos meandros del arroyo. Y al fondo, como un gigante de roca, la mole pétrea del pico Paderna. El silencio y la completa ausencia de corriente alguna de aire confieren a la atmósfera, atrapada entre los enormes muros del contrafuerte, una insólita pesadez. Camino solo. Algo más arriba el canchal hace acto de presencia. Se trata de un conjunto de enormes bloques de granito desprendidos quién sabe cuánto ha. Proceden de lo más alto del macizo de las Maladetas, ya que el roquedo del pico Paderna no es granítico, sino kárstico. El silencio, las pesadas nubes sobre mí, ponen a prueba por unos minutos mi capacidad para tomar decisiones de manera objetiva. El miedo a la súbita aparición de una tormenta comienza a enturbiar mi juicio. Sin embargo, lo identifico rápidamente como un impulso irracional e infundado. Vuelvo a contemplar la atmósfera por encima de mí. Observo detenidamente. Aún es pronto para una tormenta vespertina. La temperatura no es en absoluto cálida. Sólo son nubes frías y húmedas. No debo temer, sino continuar. Me pongo en marcha de nuevo. Cruzo el canchal granítico y gano la vaguada que desciende desde el collado de Paderna, hacia el que me dirijo.

Arroyo d'Alba y pico Paderna. 

Raúl. 

Meandros del arroyo d'Alba y pico Paderna.

En pocos metros el desnivel comienza a aumentar vertiginosamente. Asciendo ahora entre resuellos. Muy atento a los hitos, progreso indistintamente entre peldaños rocosos y el lecho de un pequeño torrente que desciende desde el collado. Finalmente lo alcanzo (2524 m.), lo que me permite contemplar con emoción contenida la imponente arista sur del pico Paderna y, a su izquierda, el sublime porte de su hermana la Tuca Blanca. Tras un pequeño descenso, la arista sur por la que progreso me conduce en vertiginoso ascenso hasta la cima (2622 m.). Allí un cairn de piedras indica el punto más elevado. Por desgracia, la niebla me impide contemplar el valle y el macizo de las Maladetas como hubiera sido menester, aunque, en lo más profundo de mis anhelos, los mismos que se alimentan de mis miedos, es así como siempre deseo la montaña. Hacia el norte, a través de una aérea arista somital, me acerco con paso firme a una segunda cima, algo menos elevada.

Canchal. 

Arista sur. 

Arista sur.

 Raúl en la arista sur.

Arista sur. 

Cima del pico Paderna.

Raúl en la cima del pico Paderna.

Arista somital. 

Raúl en la cima del pico Paderna.

Durante el regreso, que efectúo por el mismo camino, me detengo algunos minutos en el espejo que nace del reflejo que proyecta el Ibón de la Renclusa. Reanudada la marcha, algunas decenas de metros por debajo descubro una marmota entregada a cantar las horas. Nos miramos sorprendidos. Finalmente decide retomar sus quehaceres, por lo que yo hago lo mismo y me encamino hacia el refugio, donde realizo una reserva que me traerá de vuelta en tres días. Paso a paso voy perdiendo metros, pero una de las miles de piedras que me rodean y que he venido contemplando desde la indiferencia me resulta extrañamente familiar. He visto otras así en imágenes de libros, pero ninguna antes en la realidad de su contexto. Parece que se trata de un notable ejemplo de industria lítica. Por último, desciendo de nuevo hasta el Plan d’Estañ, donde las vacas continúan como si nada hubiera sucedido. Y en verdad, así ha sido. Nada ha cambiado. Tan sólo yo. No volveré a subir por primera vez un pico en el Macizo de las Maladetas. Aunque, teniendo en cuenta lo nublado que ha estado el día y lo poco que he visto de las alturas, la subida al Aneto promete ser todo un viaje de descubrimiento. Ya nada puede frenar ese deseo. Es sólo una cuestión de tiempo que el rey de los Pirineos y yo nos veamos las caras.

Canchal. 

 Ibón de la Renclusa.

Marmota. 

Industria lítica.

Vacas en el Plan d'Estañ. 

Refugio de Plan d'Estañ. 

Lirio.

Bibliografía.
Roger Büdeler, Pirineos 1. Pirineo aragonés - de Panticosa a Benasque. 51 rutas selectas por valles y montañas en el Pirineo Central español, Rother, Munich, 2009.

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